Las servilletas en el bar y restaurantes tienen una función muy sencilla, sirven para algo tan vital como limpiarnos la “boquita” cuando degustamos un delicioso bocata.
También para limpiarnos los dedos y para aniquilar las manchas que “afean” nuestra ropa.

No siempre es así, la familia “servilletera” esconde inquietantes interrogantes.
El misterio de las servilleras imposibles: ni limpian ni secan
Las servilletas de bar hechas con papel satinado que no hacen ninguna de estas tres cosas, más bien, hacen, la “puñeta”.
Las más inútiles del universo que siguen apareciendo en las barras de bar retando sin piedad a los clientes.
Su nombre técnico es “servilleta zig-zag” y su supervivencia puede estar basada en su reducido precio.
Menos de un céntimo cuesta, concretamente 0,004 euros, pero esto es una mentira podrida, hay servilletas más baratas.
El tissue de celulosa tan sólo cuesta 0,002 euros y limpia, limpia de verdad.
“Servilleta zig-zag” estética sobre utilidad
Así que la razón es más bien otra. Los locales las personalizan con su logotipo que queda más visible en el papel satinado.
Es decir, sigue siendo más relevante la estética que ver a un cliente pringado hasta las orejas.
O parece ser poco importante tener la barra inundada de papelitos arrugados que no sirven para nada.

Tanto en España como en el continente americano y en el resto de Europa, se oyen voces furiosas en contra de su utilización.
Además, cada vez hay menos fabricantes, y por tanto llegará el día en el que estas anti servilletas sean como los dinosaurios, una especie extinguida.
Y ahora viene el otro misterio. Está relacionado con una bendita costumbre hostelera que también debería extinguirse:
¿Por qué cuando nos hacen un bocata, nos ponen la servilleta debajo del él?

La servilleta debajo del bocata
Sus defensores afirman con rotundidad que si se hace es para evitar que se les “descuajeringue” todo o bien para no mancharnos con el aceite o la grasa.
Puede ser que al famoso Carpanta no le afecte en absoluto (hasta envuelto en papel de periódico “se trincaría” un bocata).
Pero ahora en serio, ¿no hay otra forma menos tóxica y frustrante para evitar el desmoronamiento de las dos mitades de pan?
Antes de buscar al inventor de esta práctica (seguro que ya no está en el mundo de los vivos) y de trasladar el caso a Iker Jiménez porque le daría para más de cuatro programas, vamos a buscar alternativas, que “haberlas haylas”.
No es necesario recurrir al papel de aluminio o el film, en el mercado existen las fundas de silicona, porta bocadillos y un sinfín de envoltorios ecológicos y reutilizables.












